lunes, 13 de marzo de 2017

El lugar estaba oscuro, completamente oscuro, tanto como las profundidades de un agujero negro. Sólo era cuestión de tiempo que todo volviese a la normalidad, sin embargo, era rutina, el hombre lo sabía de sobra, conocía el antro en el que se encontraba como la palma de su mano. Aquellas sombras que anegaban cada rincón no eran más que el preludio al desfase, a la fiesta, a la amalgama de gritos, jadeos e improperios. Oía los incontables murmullos de decenas de seres, que no todas personas en sí, que poblaban el lugar. A pesar de estar completamente a ciegas llegó a tentar el vaso de whiskey importado desde la mismísima Tierra, una de las pocas cosas que a los "agradables" vecinos siderales les confortaba de la humanidad. Sander Reed era un proscrito, el hombre que nos ocupa. Mayor de los 40 años, llevaba más de 15 viviendo apartado de la sociedad humana como tal, confinado en una estación espacial, privado por el nuevo gobierno y régimen terricola de confraternar y convivir en colonias, visto como un vulgar criminal, sentenciado al exilio, considerado algo más vergonzoso que una simple ejecución. Así estaban las cosas y así lo había vivido desde entonces. Ahora era un hombre que se ganaba la vida como un simple sicario, mercenario y en ocasiones, muy escasas, niñera. Niñera era el término que él consideraba cuando se trataba de cuidar de alguien, sin importar que no fuese un bebé. Cobraba lo suficiente para vivir al día a día... ¿Quién querría pagar por un humano el precio que cobraría un valkran al que no le tosería ni una mota de polvo espacial? Era absurdo... y por ello se ajustaba a los precios. Sin embargo, para toda la estación Arca, como la habían botado, él no se llamaba Sander, ni Reed. Cada cliente era distinto, cada nombre que él utilizaba era distinto. Y el punto de reunión siempre era el mismo lugar en el que se encontraba: la tasca Dalussury.

Las luces se encendieron por fin, en un sinfín de colores rosas y azules, todas de neón, describiendo círculos y cuadrados epilépticos sobre un escenario donde comenzó a brotar un denso humo de humedad prehecho a base de motores. Un viejo truco, sabía Sander, que se llevaba utilizando desde hacía siglos en la humanidad para el uso de espectáculos. En ese caso, como casi cada día, el espectáculo no era precisamente el humo, sino la chica. Tarkis Salaran, una kashmiri, la endiablada y atrapante raza hecha para, como dirían los antiquísimos humanos, pecado. Curiosa palabra, pecado. Hacía eones que no se utilizaba, al menos en el término religioso. El hecho de que la humanidad llegase a conquistar, en sentido figurado, el espacio exterior y posteriormente dar el salto al universo en sí y entablar lazos con otras razas más y menos avanzadas, licuó en mayor medida las creencias religiosas a lo largo del planeta. Había quienes creían que todas y cada una de las centenas de especies que poblaban los distintos sistemas y galaxias eran obra de un mismo Dios... estúpido. Cada raza tenía su propia creencia, su propia política, su propia forma. No había Dios. No había nada que entender como deidad, no había nada en lo que creer ni en lo que tener fe, salvo en ti mismo. Esa era la política de Sander. No obstante, en Dalussury había una fe distinta y era la que profesaban a la chica. Como kashmiri, era físicamente perfecta para todo aquel que la admirase. Daba igual la raza, daba igual la especie y los gustos del observador. Las kashmiri, al igual que sus congéneres varones, eran "incorporeos" en el sentido metafísico de la palabra. Sí, eran tangibles. Sí, tenían olor, podían hablar, tenían sentimientos... estaban vivos, podían tocar y ser tocados, pero no tenían una forma definida, propia, salvo la que ellos conocían y nunca revelaban a nadie. Los humanos ven a los kashmiri como humanos de piel clara como la luna, a veces con un brillo ligeramente azulado, platino. Los valkran ven exactamente la misma descripción, pero con apariencia valkran. Los saeneos, los durax... cada raza ve a su propia raza en un kashmiri, salvo por la tez. El resto... todo es la misma variante. Según los gustos del humano, puede ver los pechos más o menos grandes, más o menos turgentes, las caderas más o menos anchas, el trasero más o menos endurecido, las piernas más o menos contorneadas, la espalda más o menos arqueada... todo igual para el resto de razas, según sus preferencias sexuales. Sander se acabó la copa en pocos sorbos sin dejar de mirar a Tarkis, que danzaba de forma sensual para el deleite de todos los presentes. Sander nunca faltaba a la cita, a no ser que fuese por algo terriblemente importante, como un trabajo significativamente mejor pagado que el resto. De no ser así, allí estaba, allí estaría... observando el espectáculo que le causaba nauseas al igual que fascinación. Él estaba viendo a una mujer hermosa, por supuesto, pero no con quien querría yacer. Estaba viendo una mujer a la que causó daño. Una mujer que le atormentaba aún en sueños... detestaba verla así, danzando, meneándose y contoneándose, apretándose sus propios atributos para ganarse los silbidos, comentarios groseros y dinero del público... pero era la única forma de verla. Los kashmiri te mostraban lo que más deseabas físicamente, incluso aunque no sea en el sentido explícitamente sexual -¿Mickey Mouse?- preguntó de pronto una voz gravísima, a su espalda. Sander se dio media vuelta para ver a un durax de piel gris, como si fuese de piedra. De hecho, a aspectos prácticos eran una piedra. Su piel era dura como la roca, seca y áspera. Era un pueblo tímido y diplomático, grandísimos trabajadores, mejores mineros y transportistas, pero hay manzanas podridas en todos los cestos... y Arca era un lugar ideal para dar con todas
-Soy yo- dijo Sander con voz aspera, mirando de arriba abajo al durax, que debía de medir casi dos metros de altura
-Tienes un nombre ridículo- farfulló con esa voz similar a tener un enorme gargajo dando vueltas en la garganta
-El nombre no es lo que hace el trabajo- se preguntaba Sander si a los humanos de antaño, los que vivieron en el Ayer como lo llamaba El Mañana, el nuevo gobierno global terrestre, se imaginarían que ciertas figuras icónicas de sus días perdurarían en el tiempo hasta siglos más tarde. Sander oyó el nombre de Mickey Mouse cuando era un niño... y desde entonces nunca lo olvidó, por alguna extraña razón
-Más te vale- el durax se sentó en el asiento junto al humano, con la vista clavada en Tarkis -Quién pudiera tocar esas conchas...- dijo para sí mismo
-Sobre el trabajo...-
-Nexo 353, una humana. Se llama Lyna Atkin. La quiero muerta- dijo severamente sin dejar de mirar a la bailarina
-Mañana a la misma hora aquí para finalizar el pacto. La mitad por adelantado- dijo con monotonía
-No te conozco, humano. No pienso pagarte por adelantado- se dejó caer sobre la mesa, mirándole por fin -Los de tu calaña no soleis ser muy competentes...-
-Y sin embargo has oido hablar de mí- se permitió un tono sarcástico -Los de tu calaña soleis ser demasiado orgullosos. Duros de mollera, ya sabes... como de piedra-
-¿Te estás burlando de mí...?- Sander notó el peligro en su voz
-Alguien que se llama Mickey nunca se podría reir de un durax- se encogió de hombros -¿Por qué quieres muerta a esa mujer?-
-Si fueras un buen sicario no harías esa clase de pregunta-
-Si fuera un mal sicario no estarías aquí- le sonrió con sorna -Te estoy buscando las cosquillas durax, sólo es eso-
-Me llamo Pherro Xlak- dijo por fin -Está bien, humano... aquí tienes una carta de 500 créditos- dejó sobre la mesa algo similar a una tarjeta de crédito holográfica, que emergía de un diminuto dispositivo -El resto cuando la chica esté muerta-
-No era tan difícil empezar así ¿No crees? Podriamos habernos enzarzado en una discusión y asustar a la buena de Tarkis- dijo despreocupado. Sabía que el durax no iniciaría una pelea en el Dalussury. Al menos no era algo común. La devoción hacia Tarkis era tal que lo matarían sólo para que ella siguiese moviendo el culo, si es que todas las razas valoran el culo. Pherro se puso en pie y se marchó sin decir nada más, sin dejar de mirar a Tarkis sobre el escenario. Sander alzó una mano para pedir otra copa. Lo necesitaría, como de costumbre.

En ocasiones, para la raza humana hay un gran problema cuando se vive fuera de la Tierra, o al menos fuera de un planeta con un ciclo cotidiano... y ese era el tiempo. Sander no conseguía habituarse del todo bien a pesar de los años que llevaba en el Arca y seguía necesitando desesperadamente el uso de holorelojes para saber la hora, ya que el sol nunca se pone en el espacio y además, estaban lejos de él. Además, el Arca era una estación espacial, nunca había silencio, nunca se encontraba un punto donde todo el mundo descansara. Fueses donde fueses, siempre había alguien trabajando, caminando, comiendo, o bebiendo. Ese último era Sander -¿No crees que ya es suficiente?- un kashmiri, Siro, se había acercado a Sander. Lo conocía. Era el bailarín varón del Dalussury, para las damiselas y caballeros que gozaban más de un cuerpo masculino que femenino -¿Cuantas horas llevas aquí hoy, Oswald?- el humano alzó la mirada hacia el apuestísimo kashmiri
-Podría follarte Siro, no lo olvides. Me gustan las mujeres pero si vienes a mí... cuando estoy así... con la guardia baja...- bufó
-Otra vez borracho Oswald- se cruzó de brazos -El Dalussury va a cerrar. El personal tiene que descansar-
-¿Cerrar...? Espera ¿Qué hora es?- dijo alarmado Sander
-Pues...- miró hacia una holopantalla fuera del Dalussury, que se veía a través de la entrada -La hora de irte a tu casa, o habitación, o lo que quiera que tengas...- dijo exasperado -¿Qué hora esperas que te diga? ¿Hora humana, valkran, kashmiri...? Despierta Oswald. Estás en una estación espacial-
-Mierda, mierda, mierda...- se puso en pie con un ligero mareo y echó a andar. Había bebido de más, eso estaba claro, aunque tampoco era extraño. Solía beber hasta sentirse embotado pero se había quedado adormecido y la cabeza le martilleaba. Tenía que cumplir un trabajo, y ese era el motivo de su afición a la bebida. No le gustaba matar. Detestaba matar, detestaba robar, incluso detestaba andar protegiendo a gente que no lo merecía, pero era el único trabajo que encontraba... y que se le daba bien llevar a cabo. Sólo necesiaba deshinibirse con fuertes brebajes para escapar de la cruel barrera de la moral. Pero se había dormido. Ahora no estaba lo bastante borracho... -Joder- dijo apoyándose contra una pared, falto de aliento por la carrera tras salir del Dalussury -Me estoy... quedando viejo... para esta mierda...- gruñó, rascándose los ojos para intentar ver con claridad. Lo que vio ante sí fue la figura vestida de negro de un militar del Régimen del Mañana. Un rostro que conocía de sobra
-Mírate- dijo aquel hombre, también humano, con mirada altanera. Debía tener unos 35 años -¿Hasta dónde estás dispuesto a caer, Sander?- era el único que conocía su verdadero nombre
-Dan...- no le miraba a los ojos -Yo...-
-¿Vas a excusarte conmigo, escoria? Debería romperte las piernas y mantenerte encerrado en ese cuchitril que tienes por habitación- dijo con evidente odio y repugnancia -Guárdate cualquier tipo de explicación. Mantente al margen de todo cuanto ocurre en esta pocilga llamada Arca. Te aseguro Sander que te estoy observando. Te estoy vigilando. Y en cuanto metas la pata, seré yo quien apriete el puto gatillo. O quien empuñe la cuchilla- dijo entredientes, pasando junto a él, estirado y con las manos tras la espalda
-De eso no me cabe duda...-
-¿Has dicho algo?- se detuvo
-Que... pase una buena jornada de servicio, señor...-
-Maldito... desgraciado...- Sander sabía que tuvo la tentación de sacar la pistola y matarlo allí mismo, pero le costaría demasiado caro. Dan esperaba su momento y lo obtendría. Era cuestión de tiempo que descubriera a lo que Sander se dedicaba y entonces... le haría el hombre más feliz del mundo al regalarle su ejecución.

El Nexo 353 era la zona central de la estación Arca, el piso "céntrico" por así decirlo. Allí había mucha gente. Demasiada gente. En la misma holotarjeta que le dio Pherro, había incluido una imagen de cómo era Lyna. Era joven. Bastante joven... Anduvo buscándola durante muchísimo rato, oyendo a las especies pasar de un lado a otro en aquella zona más céntrica y comercial donde hasta alguna familia se permitía vivir. Era el mejor lugar del Arca... ¿Por qué matar a una chica joven que vivía en el lugar más pacífico? Cuando la encontró, divisda en la distancia, pudo descubrirlo. Había llegado tarde para pillarla sola o en algún lugar menos concurrido. Ahora estaba acompañada. Por un durax, aparentemente más jóven que Pherro, pero similar en cuanto a tonalidad de piel. Por lo general en los durax, las tonalidades pedregosas de su piel eran hereditarias... ¿Sería un pariente? Daba igual. Sander frunció el ceño y bufó. No podía matarla. No así. No delante de tanta gente. Se delataría y... Maldita sea, había perdido la cuenta de cuántas veces se había arrepentido de ofertar esos servicios.

Pasadas las horas nuevamente, allí seguía, en el Nexo 353. Se había sentado en un banco a esperar, observando a la víctima, un instante en que se quedase sola... y fue él, sin embargo, quien volvió a dormirse. Le despertó una suave caricia en la mejilla, que al abrir los ojos se reveló provenir de una pequeña valkran. Pequeña en términos relativos. Parecía una niña de 5 años humanos y apenas tendría 2 años mentales. La madre, una altísima y exhuberante valkran de cabellos plateados la apartó de él en seguida -Valkrans... la especie que menos tiene que temer de los humanos... y la que más nos rehuye...- se masajeó la nuca para darse cuenta, inevitablemente, de que había perdido el objetivo y había ganado un enemigo. Pherro estaba allí, alejado, observándole -Mierda...- debido al enorme gentío que se estaba conglomerando sabía quién por qué, pudo levantarse del banco y alejarse, mezclándose con la jauría de gente que había allí, casi exclusivamente humanos, para escapar. Sabía que el durax no le iba a permitir salirse con la suya. Un sicario criminal no se contrataba para fallar, pues 500 créditos era un elevado precio para un humano según muchas razas y aún así, aunque se lo devolviera... seguramente Pherro querría la sangre humana que no se había derramado ese día. Sander corrió hacia uno de tantos gigantescos ascensores que cambiaba al personal de un Nexo a otro, esperanzado al no haber visto al durax tras él. Se sintió estúpido cuando al llegar al Nexo inferior, el 352, allí le estaba aguardando -Vaya...- suspiró -Debí haberme ido más lejos- se rascó la nuca
-¿Te crees gracioso, humano?- Pherro se acercaba
-A ver, Pherro... ha habido un pequeño problema-
-Sí, contratarte y darte un voto de confianza. Los humanos sois inútiles, un simple gasto de recursos. En el Arca y en todo el universo. No sabes cuanto agradezco que os estéis muriendo- dijo cruel
-Si al menos servimos para que calaña como tú sufra... ya es algo bueno- se preparó para desenfundar
-Vamos, Mickey... di todo cuanto desees decir, tu vida está sentenciada, igual que la de esa humana. Si no la matas tú, encontraré a otro que lo haga. Tu especie no manchará a mi familia-
-Así que no me equivocaba... ¿Es tu familia?-
-Mi hijo. Enamorado de una humana- soltó una poderosa carcajada -Antes la abriré en canal con mis propias manos. Y a ti antes que a ella- se acercó un paso más y Sander desenfundó la pistola. No tenía recursos para una condiciones, de manera que aún era un revólver que disparaba proyectiles, pero lo bastante bueno para que su munición fuese de diamantium con pólvora plasmática, de forma que el revólver al disparar soltó un fogonazo azul y la bala, aunque proyectil, dibujó en el aire una ligera estela azulada antes de impactar de lleno en el pecho del durax, que se arrancó la bala con dolor para ver brotar una sangre espesa y amarronada de la herida -Ni siquiera tus armas están hechas para el asesinato...- como una gigantesca mole, el durax corrió hacia Sander y éste, respectivamente, huyó. El camino lo llevaría hacia el Nexo 351 y de allí, podría huir hacia el Nexo 350, el puerto espacial, donde embarcaban y desembarcaban naves de todas clases. Si al menos pudiese llegar, podría colarse y esconderse, quizá huir... pero los durax, aunque pesados, aprovechaban esa masa corporal para ganar una enorme potencia. Era como un antiguo tren sin frenos que le perseguía cada vez más cerca, cada vez más cerca. Sander no miró a trás. Quiso girar una esquina pero no sirvió de nada. Sintió el impacto justo antes de llegar al ascensor. El placaje del durax fue tan poderoso que perforó el cristal de la entrada y el frontal, haciendo que Sander cayese al vacío, prácticamente un par de pisos hasta el hangar, sobre un montón de cajas, telas y diversos materiales sumado a una lluvia de cristales. Nadie atendería aquel accidente. Pherro se marchó satisfecho dando por muerto al humano, mientras Sander se debatía con un sin fín de cristales clavados por su cuerpo y algún que otro hueso roto. Toda la atención estaba clavada en alguien que había desembarcado, con un llamativo y hermoso traje blanco. En las holopantallas se hablaba de esa figura recién llegada, a la que esperaban en el Nexo 353 toda una avalancha de humanos. La biomante, la sanadora. La Oráculo.

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